
El maoísmo redefinió la geopolítica de la segunda mitad del siglo XX al adaptar el marxismo-leninismo a las realidades agrarias de China, desplazando el foco revolucionario del proletariado urbano al campesinado. Esta ideología no solo consolidó el poder de Mao Zedong mediante la guerra de guerrillas y la movilización permanente, sino que fracturó el bloque comunista al desafiar la hegemonía soviética. La influencia maoísta trascendió fronteras, inspirando movimientos anticoloniales y guerrilleros en el Sur Global, desde el Sudeste Asiático hasta América Latina, bajo una lógica de pragmatismo estratégico y confrontación constante. Aunque la Revolución Cultural y el Gran Salto Adelante dejaron un legado de crisis humanitarias, el pensamiento de Mao sentó las bases de la China contemporánea, cuya actual proyección como potencia alternativa al modelo liberal occidental se nutre de esa herencia de pragmatismo político y control estatal centralizado.
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