El montañismo trasciende el desafío físico para consolidarse como un fenómeno político, social y cultural. Históricamente, las cumbres han servido como herramientas de autoafirmación, desde el imperialismo británico y el nacionalismo hasta el adoctrinamiento en regímenes totalitarios. Aunque la percepción de la montaña evolucionó del miedo a la sacralización romántica, su práctica actual refleja las dinámicas del neoliberalismo, donde la obsesión por el récord y la mercantilización intensifican la desigualdad, especialmente para los sherpas. El autor Pablo Batalla Cueto analiza cómo diversas ideologías, incluyendo el feminismo y las instituciones religiosas, han utilizado el paisaje montañoso para proyectar sus agendas. Lejos de ser un espacio puro, la montaña actúa como un escenario donde las luchas de clase y las estructuras de poder persisten, demostrando que ni a 9.000 metros de altitud es posible escapar de las injusticias del mundo terrenal.
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