
El 15M, lejos de ser un mito fundacional estático, se ha integrado profundamente en la cotidianidad y la cultura política española tras quince años. Este acontecimiento transformó el marco de lo pensable, facilitando debates actuales sobre cuidados, salud mental, vivienda y derechos sociales. Aunque el movimiento enfrentó tensiones por su institucionalización y la posterior polarización, su legado perdura en la capacidad de movilización ciudadana y en una nueva forma de entender la participación pública. La experiencia colectiva de 2011 actuó como un amortiguador frente al descontento, canalizando la frustración hacia la construcción de espacios comunes en lugar de buscar chivos expiatorios. Hoy, el 15M sobrevive no como una efeméride nostálgica, sino como una herramienta de imaginación política que permite reconocer la posibilidad de cambio cuando las estructuras sociales se ven sometidas a presión.
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