
El proyecto artístico "Nautilus" instaló una casa de vidrio en el centro de Santiago en el año 2000, desafiando la hipocresía social y la represión heredada de la dictadura chilena. La obra, protagonizada por la actriz Daniela Tobar, pretendía cuestionar la penalización del cuerpo y la falta de transparencia en la vida pública. Sin embargo, la reacción colectiva se desvió hacia un voyerismo salvaje, centrado en la intimidad de la actriz, lo que derivó en acoso, amenazas y una demanda judicial por ofensas al pudor. Este experimento no solo anticipó la cultura de sobreexposición de los reality shows y las redes sociales, sino que también logró un precedente jurídico crucial al diferenciar la expresión artística de la pornografía, consolidando el derecho a la libertad de creación frente a la censura conservadora.
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