
Las fronteras funcionan como construcciones históricas y políticas, más que como elementos naturales o inmutables, que organizan el poder y la soberanía estatal. Aunque la globalización y la tecnología sugieren una mayor porosidad, los Estados han intensificado la construcción de muros y sistemas de vigilancia como una "performance" teatral para proyectar seguridad frente a la angustia social y los flujos migratorios. Esta dinámica crea una paradoja donde la soberanía estatal se debilita mientras se refuerza la exclusión física y jurídica de los individuos. El concepto de frontera trasciende la línea divisoria, actuando como un umbral o espacio de contacto que genera identidades híbridas y mestizas, como la chicana, desafiando las visiones binarias tradicionales. En última instancia, el control fronterizo actual prioriza el blindaje de privilegios económicos, a menudo a costa de los derechos humanos y la libertad de movimiento.
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